Blog de Luis G. Ruisánchez (2da. EPOCA)



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sábado, septiembre 22, 2012

Una noche de abrazos: Por Books&Books nos pasan los trenes


No fue una noche de viernes cualquiera. Anoche se destapó la maravilla de reencontrarme con amigos y con esas jornadas taumaturga que hace tiempos se habían perdido de mi panorama acostumbrado. Camilo fue el hacedor. Y mi buen amigo tuvo el tino de sorprenderme en esta ciudad regalándome una noche especial.
Sin embargo, más allá de esta percepción egocentrista, la verdadera razón fue su nuevo libro de viñetas. El negó que fuera un libro de cuentos, que fuera poesía, y Carlos Pintado, quien introdujo a Camilo Venegas a la audiencia que lo oiría en la librería Books & Books, dijo que era casi una novela imperfecta, dijo que era una novela que no lo era a la vez. Creo que la cosa anda por ahí, por ese vaivén impreciso en que se convierte un libro cuando, más allá de nomenclaturas literarias, se presenta como un manual de recuerdos llenos de todo lo que nos pueda conmover.
Eso es “Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes”.
Escuchando las viñetas que nos leyó Camilo, nos quedó el sabor agridulce de los recuerdos que, de una forma u otra, todos guardamos como nostalgias, sólo que no somos capaces de que esas viejas experiencias se conviertan en un libro acogedor como él lo ha logrado.
Pero no era de literatura de lo que iba a hablar aquí. Sino de rencuentros. De la humana alegría de los abrazos. Del conocido olor dominicano que Camilo me devolvió como un alón de orejas para retraerme todos los años que compartimos en esa tierra ajena que se nos volvió tan propia.

jueves, junio 02, 2011

Pedro Ramón: “Blog personal”

Cuando, a propósito de unos trabajos que escribí sobre Pedro Ramón López Oliver y la primera exposición personal de sus cuadros con la temática eterna de José Martí, lo definí como “un gran provocador”, no sólo lo decía con cariño de amigo, sino con honestidad, porque su consecuencia irrenunciable se convierte en la rosca al revés de la tendencia común en este cubano sin dudas, franco y fiel al que cada día le guardo más afectos.
Confieso que no había visto su “blog personal”, como él mismo lo titula, y me lo encuentro como una de esas sorpresas que nos da Fecebook de vez en vez, justamente con la publicación a título de “prólogo” del discurso que Pedro Ramón dio en Caracas, en 1987, durante la apertura del V Congreso de Intelectuales Disidentes Cubanos.
En el texto, Pedro dice, “todos los cubanos tienen virtudes y defectos, aciertos y errores, y todos somos hijos del mismo pueblo. Creemos que para todos, en este periodo grave de nuestra historia, un puente de comprensión se precisa para el abrazo que en el final de esta etapa y comienzo de la nueva república, nos habremos de dar todos los cubanos”. La idolatría martiana que exhibe con orgullo mi amigo Pedro Ramón, marcó este sueño en el penúltimo párrafo de su discurso.
Me gustó leerlo y me gustó aún más sumar su blog a mis revisiones cotidianas en Internet, sé que voy a ir encontrando sorpresas agradables, anécdotas antológicas y palabras de reconciliación, tolerancia y paz.
Además, una buena dosis del aroma complejo de esos rones que él fabrica, entre los mejores del mundo, añejos dorados con ínfulas de robles, oportos y aguardientes que tanto compartimos juntos, bajo la mirada de Martí y en el vigor de las discusiones sobre Cuba, convencidos de que, como sentenia en su blog, “pensar y actuar diferente no es razón de exclusión, ni de odio, ni de rencores insalvables”.

viernes, abril 22, 2011

Vargas Llosa y los energúmenos

En el diario español El País calificaron de “energúmenos” a esa pandilla argentina que se opuso a la visita de Mario Vargas Llosa a la Feria del Libro de Buenos Aires. El calificativo es muy bueno pero insuficiente. Lo peor de estos argentinillos retrógrados es su apego al totalitarismo militar que los ha cruzado a través de toda su historia. Es el mismo afán peronista, su irreflexivo futbolismo chovinista y su tradicional sindicalismo comunista comiendo asados y bailando a Gardel.
Pero Vargas Llosa fue. El mayor escritor actual de nuestra lengua superó la farsa tanguera y dio el discurso central de la Feria defendiendo la integridad del libro, a pesar de la descortesía oficial y la ausencia de la maquillada presidenta que se excusó alevosamente para echarle leña al fuego de los energúmenos. Para colmo, las imprevistas declaraciones de Aníbal Fernández, jefe de Gabinete de la presidenta, terminaron por caldear el ambiente anti Vargas Llosa, confirmando que el gobierno argentino es lo que todos presumen que es, un bando de payasos.
Admiro en Vargas Llosa, después de su obra, esa integridad vertical que lo define. No hay impedimentos para su conducta y su palabra. No hay hipocrecías de oportunidad ni poses claudicantes, dice lo que cree, en lo que cree por encima de falsas diplomacias y de modas y modismos de ocasión.
Frente a la ventana del hotel, un mínimo piquete ofendía al escritor y daba vivas a Ollanta Humala. Por dios, El País se ha quedado corto en la definición.
Para Vargas Llosa, "los comisarios políticos han reemplazado en la vida moderna a los inquisidores de antaño", dijo en Buenos Aires, pero fue elegante y medido al mencionar de soslayo a esos energúmenos que con respaldo oficial, han querido evitar su visita a la Feria, un evento que si tuvo trascendecia fue porque Mario Vargas Llosa era la figura principal.

viernes, agosto 27, 2010

Papel de hombre

Cuando apareció en la Habana el poemario Papel de Hombre, libro que había obtenido el Premio David, uno de los más importantes del continente en aquellos años de finales de los 60 e inicio de los 70, su autor, Raúl Rivero, se colocó entre las voces más influyentes de la poesía cubana de entonces. Su vigencia no se ha detenido y aunque la poesía ya no es un papel tan relacionado con el hombre, Rivero sigue siendo cita obligada.
No es que fuera el detonar de un poeta con muchas ganas de escribir, gajes de juventud incontenible, sino que inauguró el desembarazo de la costumbre circundante de sus poetas coetáneos. Aquellos versos de trinchera que dominaron la poesía cubana de la década del 60, encontraron otros referentes con Rivero, un lenguaje más cercano a la generación que despuntaba y temáticas con un asomo de conflictos humanos y atrevimientos sexuales.
Ahora Raúl Rivero tiene otras referentes. Su trascendencia ha saltado de la poesía a la militancia en la acera de enfrente. Disidente, expreso político por tenencia de máquina de escribir y otros menesteres peligrosos en la Cuba de los últimos cincuenta años, Rivero vive ahora en Madrid en eso que suelen llamar “bajo perfil”. Prefiero pensar que es rescatado por la sensibilidad esquiva de la poesía.
Las exigencias del deber patrio, los reclamos de justicia, los mensajes positivos, la conciencia social han matado más poetas que las tiranías. Obligados por su conciencia y por la exigencia general, los poetas se dedican a heredar lo peor de Maiakovski mientras que lo mejor que pueden ofrecerle al mundo, languidece en connotaciones forzadas y “mensajes” metafóricos.
Raúl tiene un pasado decidido. Sus libros abrieron puertas y señalaron derroteros en la poesía cubana que nacía en aquellos años. Ningún poeta cubano en la segunda mitad del siglo pasado tuvo tanta influencia decisiva en lo que se hacía entonces. Ni la ironía lírica de Wichy Nogueras provocó tantos seguidores.
A Raúl le agradezco más sus versos que sus denuncias políticas, aunque compartamos el mismo dolor de ver cómo se extiende la hecatombe tortuosa en Cuba, y le confieso que este comentario no ha sido provocado ni por sus versos ni por su militancia, sino por escuchar en Santo Domingo con estoicismo plural y apego a la democracia, a huidizos aficionados al crimen que refugiados en el ejercicio de la libertad y una columna en la prensa, atacan el riesgo y el honor de otros, sentados alrededor de sus desayunos suculentos, tranquilos y tolerados mientras apuestan por eliminar con bombas, a su opositor.

Orwell, el vencido

El escritor alemán Novalis dejó dicho que “las novelas surgen de las limitaciones de la historia”. Todo lo que el hombre no ha comprendido, se lo inventó. A todo lo inexplicable le encontró un razonamiento imaginario. Es la pretendida sabiduría humana que aún presume de encontrarle respuestas a lo imposible y así va cambiando las explicaciones a través de los años sin el menor pudor, negando lo afirmado o viceversa, con tal de no perder la llave que descubre todos los misterios, la sapiencia enfermiza que cada vez le resta más encanto al juego de imaginar.
Hace unos años, lastrados por el boom de la novelística latinoamericana, los nuevos escritores se dieron a la tarea de negar esa herencia, acodados en una reiterativa lógica generacional. A eso, el viejo Carl Marx (el más chistoso de los hermanos) lo llamó “negación de la negación” y así inventó una cadena evolutiva del pensamiento y la existencia que se conoce como dialéctica. Desde entonces todos nos preguntamos de qué modo la “unión y lucha de contrarios” condujo desde Carl hasta Gruocho.
Después de que las iglesias se apoderaron del temor y los delirios de la fe, de la obediencia al bien y al mal; después de que los partidos políticos se apoderaron de esos mismos temores, delirios y obediencias; y después de que los empresarios hicieran igual, poco le va quedando a los escritores por inventar y lentamente la imaginación se va convirtiendo en una virtud en extinción.
Los poetas se acaban, la poesía adolece de quien la lea (jamás aparece ya quien la escuche) y los narradores suprimen con tal voracidad los adjetivos, las subordinadas y la belleza que sobrevive en el lenguaje, que aquello que estudiamos como estilo directo en Hemingway es ahora una vergüenza de retórica maltrecha ante esta rectitud de los nuevos narradores.
Una conversación amenaza con convertirse en la prontitud sincopada de un Chat. Y el olor de las cartas que cruzaban el Atlántico con lacra que las sellaban, estampillas de faunas milagrosas y matasellos de correo, es una experiencia anacrónica sustituida por el un ratón sobre el send en un email.
¿Quién se atreve hoy a enaltecer los giros metafóricos de la lengua en sus pretendidas narraciones?
La literatura va tomando el cauce de los memorandums “printeados” y a la Blackberry te pueden llegar los más enardecidos versos de amor con dos palabras ininteligibles de esa neolengua tecnológica que George Orwell nunca llegó a imaginar.

jueves, agosto 26, 2010

En el cumpleaños del cronopio mayor

Alrededor de 1970 salía yo de la sala de exposiciones que estaba en el primer piso, cerca de la puerta principal, en la sede de la Casa de las Américas, en La Habana, cuando alguien preguntó a mis espaldas, “¿es aquí?”. “No”, le respondí y me viré para quedar frente a la larga y sobria figura de Julio Cortázar. Le pregunté si él buscaba lo mismo que yo, una de aquellas inauguraciones que Casa programaba constantemente. Cortázar asintió y entonces le expliqué que era en el gran salón del piso de encima. Subimos la escalera juntos. No recuerdo si intercambiamos alguna que otra palabra, ambos éramos poco comunicativos, a los dos nos inhibía la presencia extraña. Lo cierto es que aquel fue mi primer encuentro cercano con el escritor argentino. Luego coincidiríamos en alguna que otra actividad de Casa, yo de oyente, él de expositor, o ambos de oyentes. Casa era, entonces, una de sus casas acostumbradas.
Llegué a convertirme en un fanático cortazariano. Era la época y sus exigencias, como recitar de memoria el capítulo 7 de Rayuela o buscar el clon de La Maga en las calles de El Vedado, cuando abundaban de madrugada en la escalinata del teatro Amadeo Roldán o en el parquecito de K y Calzada, frente a la funeraria. Fue una época que ya conté en un libro y me cuido de la reiteración, porque suelen acusarme de ella.
Uno de mis derrumbes ideológicos y de las causas de mis castigos policiales, fue andar con los libros de Cortázar las calles de mi ciudad cuando en Cuba el argentino se convirtió en un proscrito político. Luego vino aquel lamentoso poema de las hienas que decepcionó y perdono.
Nada más, acaso esta pincelada para no ignorar que hoy, 26 de agosto, se conmemora el nacimiento de Julio Cortázar en Brusela, en 1914, y con este afán fetichista del latinoamericano auténtico, no podía obviarlo.

martes, febrero 23, 2010

Memorias de una dama… de verdad

Una amiga me dijo, “si quieres el libro yo te lo compro mañana y te lo traigo”. Es fácil, uno de esos vendedores de semáforos ofrece la novela “Memorias de una dama”, perfectamente fotocopiada y encuadernada, al módico precio de 250 pesos dominicanos. Venció las extrañas prohibiciones para que la novela, del autor peruano Santiago Rocangliolo, publicada por el sello Alfaguara, se vendiera en República Dominicana.
La había buscado en librerías y luego traté de adquirirla a través de librerías virtuales, pero los envíos a República Dominicana no procedían.
Finalmente la he leído porque un amigo me prestó el libro original, que había comprado en Madrid antes del show.
Me gustaba la literatura de Rocangliolo. Había leído de él Pudor y Abril Rojo y tiene ese modo de redactar con frases cortas, muchos puntos y seguido y párrafos breves. Pienso que habrá leído mucho a los novelistas norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX y también a sus antecesores, Hemingway por ejemplo.
Hay una dinámica que impulsa su lectura. Se dice que un párrafo periodístico no debe exceder las 100 palabras. Rocangliolo ha aprendido la lección y la llevó a la literatura. Por eso engancha, se lee fácil y le gusta esa trampa sana de los best seller y el modo cinematográfico de contar, obligando a visualizarlo todo.
He disfrutado la novela. Mucho más los bloques de pura ficción en los que el narrador es el protagonista que los que reproducen las memorias de Diana Minetti. Me he reído con ella y he aprendiendo a sortear los cambios de apellidos literarios convirtiéndolos en los reales de la sociedad dominicana, para conocer detalles sacados de la pura historia negra nacional.
La novela lo es en sí. Como La Fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, se lee como pura ficción sin la necesidad de traducir las referencias disfrazadas. Qué importan las intrigas y los rencores, el miedo a la verdad y los honores de sangre azul dominicana, el libro de Vargas Llosa es una joya universal y eso es lo que le vale al buen lector. Duela a quien le duela. Es lo que pasa con Memorias de una dama, de Rocangliolo, en medida menor.
Lo que sí ha sido un crimen es la prohibición mediante argumentos legales, para que la novela no circule en República Dominicana y la genuflexión empresarial a la demanda de los implicados que ya, gracias al vendedor ambulante en un semáforo callejero, han visto violados sus secretos oscuros, sus miedos al pasado y la negación de sus trampas.

jueves, febrero 11, 2010

Hablando se entiende la gente.

Como no soy especialista en la lengua y la lengua es mutante y adaptable, opto por esa versión en la que las terminaciones en “e” corresponden a “ente” que es el participio activo de ser. Por tanto es presidente, como regla, aunque ya sabemos que el idioma lo hace el uso (atención: pero no el disparate por mucho que se use) y puede aceptarse (no obligarse) al empleo de presidenta en vez del académico presidente.
Pero es una excepción, no la regla, porque es bueno leer sin prejuicio este párrafo que nos han enviado: “La pacienta era una estudianta adolescenta sufrienta, representanta e integranta independienta de las cantantas y también atacantas, y la velaron en la capilla ardienta ahí existenta”.
He leído algo similar y muy bien sostenido, en el Manual de Estilo de El País, que como todos los que hacemos periodismo sabemos, es la Biblia del estilo periodístico en la lengua nuestra, escrito por Alex Grijelmo (Como "El estilo periodístico" entre otras obras suyas obligadas del idioma), en donde se contradice ese afán sexista del idioma que, por demás, es aburrido y feo y que tanto gustan de usar en nuestro país (Rep. Dominciana) desconociendo que el respeto al sexo no se sostiene en decir presidenta, como suelen creer muchos.
Hay una confusión de origen, género no es sexo, y el género humano posee los dos sexos, como los equinos, los vacunos, los simios, etc. Hay otras especies que sólo tienen un sólo sexo, sucede en muchos peces, por ejemplo.
O sea, que somos el hombre, como género, como son los caballos y los perros, y los sexos son hombre y mujer, caballo y yegua, mono y mona.
En el siglo XX se diferencia entre sexo y género; asignando lo primero a una realidad biológica y lo segundo a una creación social. Algunos autores muy recientes han querido desvirtuar el concepto lógico y establecido afirmando que el género en sí no existe y que las diferencia entre hombres y mujeres son sociales.
Si el género fuera hombre y mujer, como ahora se dice, ¿a qué género pertenecemos todos, hombre y mujeres a la vez? ¿Alguien sabe? Es como esa redundancia deliciosa de “la persona humana” que hace pensar que existen otras personas que no son humanas, ¿es que hay rinocerontes humanos? O ponerle el artículo “La” al nombre del país que constitucionalmente es República Dominicana y no “la República Dominicana” como si habláramos de “la república de Colombia”, por ejemplo, insistiendo en que el país, que se llama Colombia, es una república y no una monarquía.
Es el ejercicio al que respondo por encima de las leyes provincianas porque el idioma no lo construyen los parlamentos, es más, suele suceder que son ellos lo que peor lo usan.
No me parece respetuoso que existiendo una academia del idioma, que es internacional y engloba a todos los hispano-parlantes, vengan parlamentarios a fijar normas constitucionales del idioma, porque estaremos construyendo, dentro de un mundo de tendencia globalizantes, pequeños y cerrados círculos babelianos.
No creo que textos parlamentarios traten de oficializar el uso del idioma llenándolo de costumbres locales no sin intereses sexistas y atados, de soslayo, a posiciones políticas.
¿Por qué atribuirse semejante poder sobre una lengua de siglos, si basta con ir a la Academia que, justamente, acaba de publicar un diccionario con sus anexos de dudas, etc, actualizado, moderno y ajustado al siglo en que andamos y a la inmensidad de naciones que usamos el mismo idioma? “Zapatero, a tu zapato”, dice la sabiduría popular.
Respeto el intento de trazar normas “nacionales” al uso del idioma, pero preferiría que decretaran la alfabetización idiomática de la mayoría de los congresistas y diputados, políticos, empresarios y ciudadanos en general.
Entonces daríamos un ejemplo a Hispanoamérica, porque no es cosa de oficializar "dialectos", "lenguas muertas", "localismos errados", "idiomas mediocres", no es caer en la populista demagogia de confundir aún más al mundo con el quechua o el catalán, sino todo lo contrario, universalizar nuestro pensamiento con una comprensión común.

domingo, mayo 17, 2009

Me han dicho que Benedetti acaba de morir

Mario Bennedeti no fue un narrador, ni un poeta, ni un ensayista, ni un dramaturgo, Benedetti fue todo eso y sobre todo, un modo especial de darle la cara a la vida, con la misma pasión de la adolescencia hasta los 88 años, la edad que tenía hoy, cuando murió.
Fue inconfundible. Sus guiones se le identificaban sin timidez, sus libros eran todos benedettis. Era su manera de no temerle al snob latinoamericano que acuñó desde los años de la década del 60, cuando lo vi por vez primera en un Sábado del Libro de la calle Obispo, en La Habana. Después lo vi muchas veces. Frecuentaba aquella Habana de sus buenos tiempos donde había encontrado un fervor inmenso que después se explayó por toda hispanoamérica como un vicio feliz y a veces, mortal.
Nuca fui su admirador empedernido, porque siempre hubo dos modos de asumirlo, como yo, distante, previendo fisuras de apariencias empeñadas en colorear su literatura, o delirantemente apasionado, como muchos que mantienen vigente aquella adolescencia pasada o que la revitalizan en el ocaso de sus vidas, releyendo Montevideanos o Gracias por el fuego o La Tregua como si los años no hubieran pasado.
Creo que Mario Benedetti marcó una época y logró trascenderla, no fue a pesar mío, pero tampoco con mi colaboración, al fin y al cabo yo no existo en la enorme existencia de Mario Benedetti, 88 años haciendo feliz a muchos, entregándoles un mundo ilusionado con el amor y la poética, en el equilibrio justo ente la grandeza y la farsa.
Por eso le rindo culto a Benedetti cuando acabo de enterarme de su muerte, y lo recuerdo hablando bajito, sonriente y amable con todos, un poco gacho de hombros, su bigote feliz y su cara de uruguayo, ni argentino ni brasileño, uruguayo, precisamente como fue.

viernes, agosto 15, 2008

Latinoamérica; mestiza y real

Hay veces en que la idiotez pierde sus límites. Es cautivante y crea espejismos. Günter Grass escribió que a los dictadores los hacen los entusiastas. Tengámoslo en cuentas.
El presidente venezolano Hugo Chávez propuso cambiarle el nombre al continente pasándolo de Latinoamérica a Indoamérica. Lo lamentable es que muchos le siguen la corriente con discusiones, foros y encuestas.
Dejémonos de ilusiones, en Chávez no hay la menor fundamentación teórica, no es que leyó las propuestas del peruano Haya de la Torre, del escritor Carlos Fuentes, del historiador venezolano Guillermo Morón, ni del mexicano Fernando Nimrod Moreno García. No es fundamentación lo que rige el pensamiento chavista, si no fundamentalismo.
A Chávez se le ocurrió lanzar otro disparate mercadológico durante la clausura del “Congreso Bolivariano Indo-americano Jóvenes Guerreros Indígenas contra la miseria y el imperialismo” celebrado en Caracas. Ya el nombre del Congreso se las trae, pero el mandatario venezolanolanzó la propuesta del nuevo nombre continental y, quizás, hasta lo decrete en su feudo, como sucedió con el apellido “bolivariano” que le colgó a Venezuela.
No hay dudas de que la raíz latina de nuestras lenguas nos abraza, y que el idioma es el centro de la cultura y la cultura define la idiosincrasia de una nación. De origen latino son todas nuestras conciencias nacionales. Hasta ahora, es la mejor opción.
Lo que llegó de Africa, del lejano oriente, o de Inglaterra, Holanda y Arabia fue declinando por la preponderancia latina. Lo demás era Italia y Portugal y, por supuesto, lo poco que quedó de la devastada herencia indígena, más notable en el continente, imperceptible en el Caribe, pero siempre menor, débil, primaria y asimilada por la civilización.
Obviemos la demagogia. Cuando los mayas se guiaban por el calendario, da Vinci estaba pensando en volar. El Popol Vuh no podía leerse con la facilidad de la Divina Comedia, Hamlet o El Quijote gracias a la imprenta de Gutenberg. Las figuritas antropomorfas en los petroglifos taínos de las cavernas del Caribe, no influenciaron los frescos de Miguel Angel en la Capilla Sixtina; como los palos y caracoles percutidos de los incas distaban de las polifonías corales en el barroco alemán de Juan Sebastián Bach.
El indigenismo es retrógrado, tanto como Evo Morales. Pero a diferencia de este, el indigenismo vale asumirlo en su justa medida original, histórica y cultural.
La pretensión de llamar indoamérica al continente que habitamos, es un acto de hipocresía racial, una nominación que excluye a las grandes mayorías que han nacido en esta parte del mundo durante los últimos 500 años de existencia testificada. Todo lo anterior, es prehistoria, o sea, convertir las vacas en mamuts, los elefantes en dinosaurios.
Es sólo terreno fértil para el estudio de los antropólogos y para los políticos que especulan con el hambre, la pobreza y la miseria de esas comunidades indígenas que, en Suramérica, le entregan sus votos a los demagogos y populistas que llegan en campaña con promesas falsas y dos libras de harina, mientras las conservan en el patio del desarrollo, el bienestar, la educación y la tecnología para exhibirlas en congresos como el de Caracas, con el mismo afán de los cirqueros.

viernes, diciembre 21, 2007

Del lobo, ni un pelo


Cuba es tierra de escritores. Dicen que es de cañeros, cuentistas y fumadores de habanos con tragos de ron añejo. Luego han dicho que de dignos revolucionarios y hombres del siglo XXI, pero resulta que ahora que estamos en el siglo XXI, cuando el mundo está lleno de hombres del siglo XXI, Cuba ostenta la mayor población sobreviviente de hombres del siglo XX.
Epítetos y leyendas nublan nuestra historia. Lo peor es que somos capaces de pararnos en cualquier podio universal y reafirmar nuestras mentiras heredada, no porque seamos mentirosos, que lo somos, sino porque nos hemos creído cuanto invento histórico nos metieron en la cabeza.
Es trágico, créanmelo bien. Es un dolor.
Pero de escritores sí es verdad. No podemos tapar con un chiste la literatura heredada desde Espejo de Paciencia (total, que el tipo no era ni cubano) hasta hoy…, quiero decir, hasta hace unos años atrás..., mejor dicho, hasta antes de que entráramos victoriosos a La Habana sobre un tanque de guerra (¿y cómo no nos dimos cuentas de esa anunicación?).
Pero veamos, en el XIX……Villaverde, Poveda, Heredia, Martí. En la primera mitad del XX desde Las impuras hasta Orígenes hay mucho que contar. Ahí entra lo más trascendental, lo que brilla aún cuando de letras cubanas se trata. La generación del 30, del 40, los “origenistas” y la generación del 50, que aunque publicaran aún en los 60 y en los 70 y en los 90, son la generación del 50.
Ahora, de los 60 para acá somos verdaderas hordas de escritores a lo largo y ancho de la isla para los que ya no se ajustan las generaciones, ni los años, ni tan siquiera los meses, es que cada semana se suman cien más.
Es la cultura de la revolución.
Una sentencia filosófica de factura popular (somos otro de los paraísos del proletariado) asegura que en Cuba “tú haces como que trabajas y ellos hacen como que te pagan” basada en el valor real de ambas cosas. Nada se escapa a semejante sabiduría.
Para buscarse la vida, fabricar riquezas, elevar el nivel de confort y la subsistencia de la familia, cosas con las que no se juega en el mundo real, hay que dejar la literatura para las fugas de tiempo libre, como el parchís, lo que le da un valor especial a la obra que se hace dentro de escasos espacios de tiempo y rigurosas jornadas de trabajo.
En el mundo virtual cubano (a pesar de ostentar el más bajo índice occidental de acceso a Internet y computadoras per capita), puedes dedicarte a ser Escritor bajo la mismas premisas de aquella sentencia filosófica popular que citamos dos párrafos antes.
Lo peor es que ante la presencia de esas hordas de escritores (todos somos escritores con sólo el intento de escribir un libro o con publicar un folleto con los peores versos del mundo en una editorial regional, en papel gaceta reciclado, tirado en esténcil con alcohol de 90 grados que entre cuartilla y cuartilla te permite prepararte un trago con azúcar, agua y limón) la verdadera literatura que trascendió el silencio, las editoriales serias y las academias universitarias, fue la que existió hasta esa generación del 50. Lo demás es borrón y cuenta nueva.
La precisión no es absoluta, por supuesto. Hay casos honrosos hasta entre las anécdotas del Holocausto. ¿Por qué no entre las hordas de escritores cubanos de la revolución? Pero es que la regla la hace el total y no la excepción, ¡y es tan hermoso sentarse en un café a tomar té de yerba-buena viendo atardecer en La Habana mientras hablamos de literatura...!
Mucho me admira, por aquello que empecé diciendo de que Cuba es tierra de escritores, ver a esos literatos criollos esgrimir sus ínfulas y sus autosatisfacciones intelectuales en otros países del mundo, dejando anonadados al resto de los colegas de otras naciones que comienza por creerse que de verdad lo son y admiran su grandeza sin timidez de anunciarse “escritor” cuando en el mundo real los cuentos se escriben en medio de la lucha humana por la existencia y bajo las reglas objetivas del trabajo universal.
Si tenemos la suerte de ver una Cuba mejor, o al menos distinta (porque nadie sabe el futuro que le espera y miles han muerto pasándole su pasión, su curiosidad y sus expectativas al espíritu) tendremos, antes de revisar constituciones y toda la selva de cuestionamientos políticos, filosóficos, sociales, legales, culturales, que reclamar la reconquista de Cuba revisando nuestras historias, la literaria y la otra, porque tenemos por una vez y para siempre, que reubicar a los héroes y a los malditos, poner a cada quien en su propio escalón, desde el indio Hatuey hasta el pequeño niño Eliancito, y parar de engañarnos mutuamente con la conciencia común de los embustes recíprocos.
Seamos serios alguna vez.

viernes, noviembre 30, 2007

Gelman, el juego en que andamos


Juan Gelman no es un poeta, sino la esencia poética de una generación que repitió sus versos en desfiles revolucionarios y en íntimas mesas de bares donde enamoraban a una mujer. Gelman tenía esa doble función con su balanceo milonguero, el lenguaje de esquinas y la pasión arrabalera de sensibilidad inaudita.
Juan Gelman no es solo un poeta. Era un enamorado del filo del cuchillo. Transitó ese riesgoso borde donde, a un lado y al otro, están los abismos de la grandeza y el ridículo.
Nadie sintió vergüenza repitiendo sus versos peligrosos.
Nadie se libró del peso de sus adjetivos mínimos y sus diminutivos amorosos.
Entre los que se iniciaron como poetas por los años de la década del 60, los diez años que estremecieron al mundo, siempre estaba el guiño de Gelman, la palabrita sensiblera colocada con ternura. Y se recitaban mutuamente los poemas de “Velorio del solo” como oraciones a Dios.
Con las décadas se fueron olvidando aquellas pasiones. Juan Gelman siguió haciendo su poesía pero una fiebre alta de virus mortal, esa que da la militancia a ultranzas, lo convirtió en un poeta que trataba de rimar revoluciones vencidas, izquierdas en terapias intensivas, con palabras sacadas del corazón. Una poesía que no cautivaba sino a los sordos y ciegos de la historia.
Los acechos de las Triple A argentina y los horrores de las dictaduras militares le dieron duros golpes, primero el exilio, luego la muerte de su hijo, la muerte de su nuera y la pérdida de su nieta nacida en cautiverio. Fue demasiado dolor para cualquier humano, mucho más para el poeta.
A su nieta la rescató quince años después, un poco antes encontró los restos de su hijo y los de la nuera los continúa buscando.
Nunca entendí sus versos abanderados a Fidel Castro, al comunismo ruso y a aquellos tiempos de pandemonios militantes. Su hermano le recitaba a Pushkin en lengua rusa a los 8 años y su padre tuvo que huir de la URSS por los crímenes de Stalin.
Después de tanto dolor, Gelman recuperó sus buenos versos. Dicen que los últimos son tan deliciosos como los de entonces. ¡Menos mal!
Yo lo había olvidado. Estaba, eso sí, agazapado en un pedazo de mi experiencia vital, pero en el fragor de “buscarse la vida” se acaba olvidando esos delirios cardiacos de la pasión.
Ahora lo he vuelto a leer. El premio Cervantes que acaba de recibir, es un justo honor a Juanito Gelman, como lo llamaban sus amigos.
Cuando lo conocí en La Habana era un hombre tímido y callado, de rostro recio, eran los graves influjos de su incorporación a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), una organización guevarista para luchar contra las dictaduras de Lanusse y Onganía. Ahora le reconozco una placidez gestual cuando habla emocionado del premio Cervantes.
Gelman parece, hoy, un poeta tranquilo.
Cada quien recibe las buenas noticias a su modo. Juan Gelman estará feliz con los 90 mil euros que reconocen el valor revolucionario de su poética. Escribirá un nuevo libro de versos con diminutivos gloriosos y ternuras gardelianas y todos le estaremos otra vez, eternamente agradecidos.
El Cervantes se honra con poner a Juan Gelman entre sus premiados. No tengamos la menor duda.

jueves, noviembre 08, 2007

Cortázar o Varona fuera de la foto


Los altares del boom han ido cayendo. No ha conspirado contra ellos lo efímero, uno de los temas pródigos en su existencia tropelosa. Tampoco la percepción de la calidad ni la vejez literaria de los clásicos. Es un asunto de incredulidad actual, de poco tiempo para los recuerdos y una manera distinta de disfrutar. La culpa es nuestra, no de ellos.
A los que la muerte los borró, les ha ido peor, porque no tuvieron tiempo de resarcirse. García Márquez es uno de ellos, muerto desde hace tres décadas. El otro es Julio Cortázar, muerto de verdad. Pero mientras que García Márquez tuvo seguidores que, más que seguirlo, lo copiaban con papel carbón de muy mala calidad, dejándonos un continente plagado de novelas horribles donde la gente vuela, los muertos bailan y siempre hay mariposas azules revoloteando, Cortázar dejó una herencia subliminal imposible de deshacerse de ella, aunque no soportemos en el siglo XXI volver a jugar a la rayuela.
Vargas Llosa es punto y aparte. Ni tan uno ni tan el otro. Pero metaforseándose con el mimetismo de los camaleones, ha llegado al 2007 vigente e inexpugnable.
Estas reflexiones se me ocurren cuando me pregunto si sería capaz de leer “Ciao, Varona”, un cuento de Julio Cortázar que acaba de aparecer como del sombrero de David Copperfiel. Señitas pos-mortem del cronopio sempiterno.
“Ciao, Verona” ya estaba escrito cuando Julio publicó sus volúmenes de cuentos “Queremos tanto a Glenda” y “Deshoras”, pero vaya usted a saber por cuál circunstancia personal, no lo incluyó. Es más, en una cita sacada de una carta escrita a su amigo Jaime Alazraki, el novelista se refiere al cuento diciendo: “En Alguien que anda por ahí, hay amargos pedazos de mi vida, por ejemplo Las caras de la medalla, cuya historia siguió y terminó en otro cuento muy largo que escribí hace meses y que entrará en otro libro, si libro hay; se llama Ciao, Verona, y fue tan duro de escribir como el otro".
Había una aceptación vanidosa de la existencia del cuento porque representaba la continuidad de una inicio tanteado, pero a última hora lo sacó del juego y más allá de esa referencia, “Ciao, Verona” permaneció inédito.
La única copia de la que hasta la fecha se tenían noticias, la conservaba, olvidada, la Universidad de Tejas, pero en febrero de este año, la viuda de Cortázar, Aurora Bernárdez, donó, para que fueran integrados a la colección de manuscritos de Barcelona Latinitatis Patria, otra versión original de ese cuento con correcciones hechas por el propio autor.
Para Cortázar, que era además un fotógrafo apasionado, las fotos más reveladoras son "aquellas en que por ejemplo hay dos personajes con un fondo de una casa y luego, quizá a la izquierda, donde termina la foto, hay la sombra de un pie, de una pierna. Esa sombra corresponde a alguien que no está en la foto y al mismo tiempo la foto está haciendo una indicación llena de sugestiones, apelando a nuestra imaginación para decirnos qué había allí después. La atmósfera que se proyecta fuera de la fotografía, esa aura de misterio, guarda una especie de vibración que me parece indispensable para la realización del cuento memorable, que el lector transforma luego en la memoria y en admiración".
Esa sombra sugerente se presenta ahora como “Ciao, Varona”, futuro inmediato fuera del encuadre del aquel lente que captó sus dos libros anteriores y que ahora, asoma su rostro en una foto póstuma, para retraer el universo cortazariano a una época que ya no le corresponde. ¿Quién se atreve a leerlo?

martes, noviembre 06, 2007

Orwell, el vencido


El escritor alemán Novalis dejó dicho que “las novelas surgen de las limitaciones de la historia”. Todo lo que el hombre no ha comprendido, se lo inventó. A todo lo inexplicable le encontró un razonamiento imaginario. Es la pretendida sabiduría humana que aún presume de encontrarle respuestas a lo imposible y así va cambiando las explicaciones a través de los años sin el menor pudor, negando lo afirmado o viceversa, con tal de no perder la llave que descubre todos los misterios, la sapiencia enfermiza que cada vez le resta más encanto al juego de imaginar.
Hace unos años, lastrados por el boom de la novelística latinoamericana, los nuevos escritores se dieron a la tarea de negar esa herencia, acodados en una reiterativa lógica generacional. A eso, el viejo Carl Marx (el más chistoso de los hermanos) lo llamó “negación de la negación” y así inventó una cadena evolutiva del pensamiento y la existencia que se conoce como dialéctica. Desde entonces todos nos preguntamos de qué modo la “unión y lucha de contrarios” condujo desde Carl hasta Gruocho.
Después de que las iglesias se apoderaron del temor y los delirios de la fe, de la obediencia al bien y al mal; después de que los partidos políticos se apoderaron de esos mismos temores, delirios y obediencias; y después de que los empresarios hicieran igual, poco le va quedando a los escritores por inventar y lentamente la imaginación se va convirtiendo en una virtud en extinción.
Los poetas se acaban, la poesía adolece de quien la lea (jamás aparece ya quien la escuche) y los narradores suprimen con tal voracidad los adjetivos, las subordinadas y la belleza que sobrevive en el lenguaje, que aquello que estudiamos como estilo directo en Hemingway es ahora una vergüenza de retórica maltrecha ante esta rectitud de los nuevos narradores.
Una conversación amenaza con convertirse en la prontitud sincopada de un Chat. Y el olor de las cartas que cruzaban el Atlántico con lacra que las sellaban, estampillas de faunas milagrosas y matasellos de correo, es una experiencia anacrónica sustituida por el un ratón sobre el send en un email.
¿Quién se atreve hoy a enaltecer los giros metafóricos de la lengua en sus pretendidas narraciones?
La literatura va tomando el cauce de los memorandums “printeados” y a la Blackberry te pueden llegar los más enardecidos versos de amor con dos palabras ininteligibles de esa neolengua tecnológica que George Orwell nunca llegó a imaginar.

viernes, octubre 26, 2007

Más allá de Saramago


“Para mí, lo que hay no son géneros, sino espacios literarios, que, como tales, admiten todo: el ensayo, la filosofía, la ciencia y la poesía”, dijo el escritor portugués José Saramago, autor de “La caverna”, en el Ciclo Lecciones y Maestros que se llevó a cabo en Santillana del Mar, España.
La frase de Saramago viene a redundar en algo que ya hemos visto aquí como tendencia de la literatura desde hace algunos años. Es la contaminación, el involucramiento de varios géneros clásicos en un todo orgánico que se convierte en “técnica” (por no definirlo como “anti-técnica”) necesaria para abarcar el todo literario con un lenguaje global, descifrable por el lector común ante las inclemencias de las mass-media y los cánones impuestos por la comunicación electrónica.
La “velocidad” es acaso el parámetro decisivo de los nuevos tiempos. La velocidad se traduce en urgencia de aprovechar el tiempo disponible. Por ejemplo, las mecedoras tradicionales están en desuso, cada vez las venden menos en las mueblerías y escasean más en los hogares. No hay tiempo para mecerse porque el reposo está programado. La mecedora infiere descanso prolongado, pasividad, inamovibilidad extrema. La mecedora era el podio de antaño, desde ella se dormían bebes bajo el ensimismamiento de las nanas, se le contaban cuentos a los niños, se dormitaba tras las cenas, se visitaban los novios en aquella costumbre de cuatro horas de visita los martes, jueves y domingos. La mecedora era el reloj de entonces, donde balancearse bajo la calma total.
Las 24 horas del reloj son ahora un asomo escaso del tiempo que necesitamos cada día. Y esa es la cuestión.
Hasta el oficio de leer tiene, entre sus detractores objetivos, el reclamo de tiempo que precisa para poderlo ejercer. Disparase a estas alturas los cinco tomos de Los Miserables de Víctor Hugo o el bloque de La Montaña Mágica, de Thomas Mann, es una proeza imposible. Por eso los clásicos de esa magnitud son cada vez menos alcanzables. No hay tiempo para tanto y la gente termina por ver la versión para el cine en 90 minutos de extracción. A la vez que conjuga la literatura con la asimilación de una velocidad superada: 24 cuadros por segundo.
En periodismo se habla de esta contaminación desde hace años. Ya Alex Grijelmo, que hizo el Manual de Estilo del periódico español El País, lo traía como una condición incuestionable, de los géneros periodísticos clásicos.
En Latinoamérica, ambos ejercicios están comúnmente ligados, periodismo y literatura ambos son parte de una misma formación. Si eso es así, entonces podría asimilarse como otra ruta de entrada de esta contaminación hacia los géneros literarios.
Tanto en estructura como en lenguaje, la literatura apuesta cada vez más a esta realidad que Saramago ha definido como “espacios literarios” y es efectivamente eso, grandes escenarios donde plantar el concepto bajo la forma y el estilo de los géneros clásicos, porque ellos en sí mismo, no bastan para la percepción actual, tan influenciada por la confluencia de lenguajes.
Pero me atrevo a agregarle aún más, “espacios de comunicación literaria”, diría yo, enmendándole la página con todo respeto a Saramago, y tratando de adicionarle al puro encierro de la literatura la necesidad de comunicar, que es al final el principio básico de toda literatura, atribuyéndole además, los recursos estilísticos y visuales, la estructura dinámica y la contaminación de los lenguajes a que está sometido el hombre actual, desde la web hasta la rotativa.

Literatura y conciencia social; ¡abajo las tendencias!


Un famoso dirigente de la revolución cubana, muerto ya, le dijo cierta vez a los intelectuales “No se confundan, ustedes no son la conciencia de nada”. La frase esgrimida con tono amenazante y descalificador, tuvo una nefasta repercusión en la masa de artistas y escritores cubanos, que en ese entonces, estaban sumidos en una época gris y represiva en la historia reciente de Cuba.
La sentencia del personaje, Carlos Rafael Rodríguez era su nombre, un viejo comunista sobreviviente, era el reproche a una conducta generalizada en un mundo posterior a él, es decir, el de ahora. Y no es que el viejo comunista tuviera razón entonces y ni tan siquiera que se adelantara a las leyes sociales de la posteridad (de su posteridad), sino que las sociedades actuales se han definido con un escepticismo y una praxis patológica que saca del juego el pensamiento social y la reflexión sustituyéndolas por la obtención de buenos dividendos y la manipulación de las percepciones masivas.
A estas alturas no sólo Carlos Rafael Rodríguez, que en paz descanse, sino todos debíamos preguntarnos hasta dónde la literatura es necesaria (no ya urgente, al menos utilitaria en el más disgregante de los sentidos).
Los niveles de lecturas (lectores de literatura) se miden por los niveles de venta de libros en un circuito comercial donde es difícil encontrar librerías.
Un amigo que hace poco recorría conmigo los salones de la librería Cuesta Centro del Libro en la ciudad de Santo Domingo, abría los ojos abismado por la cantidad de títulos que se agrupaban en los estantes y los amplios espacios de dos pisos dedicados a la complacencia de lectores. ¿Cómo se sostiene esto?, me preguntaba con curiosidad financiera. Sumó empleomanía, factura eléctrica, costo de los servicios y sólo llegó a hacerse un pensamiento lógico racional si cada libro que se vendía allí estaba sostenido por la venta de dos toallas en Cuesta Centro del Hogar y una bandejita de tomates de ensalada del Supermercado Nacional, todos pertenecientes al mismo grupo empresarial.
No se si el cálculo sería avalado por los dueños de esos establecimiento, pero para la cordura general, es un argumento convincente.
Aunque estas reflexiones anteriores pudieran ofrecer una sospecha de que estamos por los caminos de abandonar el empeño literario y argumentar la inutilidad de la literatura, lo cierto es que el destino final de tal panorama desolador, es comprender que sólo sobre la base de rescatar valores perdidos en las sociedades modernas es que se puede aspirar a la habilitación del mundo.
Cuando hace apenas unos años una amiga que vive en las afueras de Hamburgo me dijo que en su casa no había televisión y que en las noches, tras encender la hoguera, ella y su marido se leían novelas en alta voz, me quedé asombrado. ¿Cómo es posible a estas alturas sumirse en una lectura en alta voz junto a la hoguera en vez disfrutar los capítulos de CSI New York? Poco después supe que mi amiga nos ofrecía una ilusión perversa porque ella no quería aceptar la realidad de que sí veían en las noches los capítulos de CSI New York en una pantalla plana de 56 pulgadas.
¿Por qué me mintió? ¿Es que hay en el subconsciente de todos una necesidad de regreso a los valores perdidos?
Las generaciones de hoy presumen saber de literatura porque han visto las versiones de los grandes libros en DVD. Una amiga dominicana que vio conmigo una versión al teatro musical que se puso en París de El Jorobado de Notre Dame, me comentó: “Yo conocía la original, la de Disney”, presumiendo que el original de la obra era la versión animada de Walt Disney sobre el libro de Víctor Hugo, de quien jamás había oído hablar.
Asumir la cultura como estadística de campaña termina por ser el mayor boomerang porque nos devuelve el golpe mortal. Asociar la cultura a conductas políticas crea rechazos en un sector sólo por entusiasmos militantes, por alineamiento en posiciones partidistas o al menos de preferencias. Y ese uso es parte del estigma de la literatura de hoy, cuando los escritores más que seres evadidos dedicados a hacer la literatura, libros que no pretendan “mensajes” implícitos, porque la literatura no es el telégrafo ni un ministerio de comunicaciones, se transformaron en parte de una conciencia social con actitudes militantes ante la realidad de sus respectivos países.
Los izquierdistas no disfrutan de Vargas Llosa y los de derecha rechazan a Eduardo Galeano, cuando ambos son generadores de un bien superior a las tendencias y enaltecedores de los valores humanos por encima de la basura en que militen. Y ese peligro ha ido denigrando el ejercicio literario hasta las márgenes terrenales de la política. Justamente de donde hay que escapar, o sea, que el viejo comunista del inicio de este cuento, tenía razón; no siempre estuvo tan equivocado.