
Fue una buena jugada de la Junta Militar argentina. Hundida en medio de una repulsión nacional e internacional, con miles de crímenes a cuestas, se jugaron la carta de exaltar el nacionalismo al costo de la muerte de más de 650 argentinos, que combatieron para que sus compatriotas se olvidaran de la tiranía y se alinearan con sus esbirros en el orgullo nacional. Una suerte de fútbol patriótico que los fanáticos aclamaron desde las gradas de su maltratada realidad.
El episodio ha sido recordado con ese sabor del heroísmo y la vanidad nacional, pero con la estratificada sensación de saberse víctimas de una manipulación sagaz.
Más o menos lo que vuelve a suceder ahora. Con el nuevo aniversario de aquella guerra que reclama aún la justa independencia de las Malvinas, la presidenta argentina Cristina Fernández prometió dar “una batalla profunda, cultural, diplomática y política en todos los frentes” para recuperar la soberanía de las islas.
Ya Argentina no tiene una junta militar dictatorial. A cambio, tras varios episodios de gobiernos lamentables, el matrimonio Kirchner se ha apoderado del país y, entre el macho y la hembra de la pareja, estarán casi una década en la Casa Rosada.
El resultado final ha sido lamentable. Enriquecimiento voraz, desastre financiero de la nación, manejos turbios de la economía, endeudamiento y dependencia de gobiernos externos, es decir: Venezuela, desde la campaña electoral hasta hoy.
Pocos creen aún en la pareja rampante. Nadie en el mundo confía en la maquillada mandataria que gasta millones del presupuesto en su make-up invariable y en las más sublimes marcas de la moda internacional.
Las Malvinas vuelve a ser hoy, como en 1982, un ardid del camuflaje político, una estocada a la inconformidad ciudadana por los gobierno en matan o encarcelan opositores, o matan y encarcelan economías.