
Durante el primer Coloquio Transatlántico celebrado días atrás en Madrid, el Secretario General Iberoamericano, Enrique Iglesias, dijo a la agencia española EFE, refiriéndose a Cuba, que "hay un proceso de cambio en marcha" y una "tendencia cuidadosa para avanzar hacia sistemas más liberales".
Iglesias, quien visitó La Habana recientemente, contó a esa agencia que durante su estancia en la isla, se percató de "una sensación más positiva en la población" y de "un cambio de actitud".
Y finalmente, pronosticó que en los próximos 10 años, “"Cuba será más democrática y su economía de mercado, más abierta".
Cuando escucho cosas así siempre me colma una ambigüedad existencial. ¿Me río o me echo a llorar? Asusta que un personaje de tal dimensión, acostumbrado a pasearse el mundo como cualquiera de nosotros pasea en el parque de la esquina, pero con más patrimonios de libertad, traduzca semejantes conclusiones de la realidad cubana vista y presumida.

Indigna pensar que Iglesias vea cambios positivos en autorizarles celulares a los cubanos y no juzgue la ola de represión que se ha vuelto a incentivar en la isla contra los opositores pacíficos, y que decenas de presos de conciencia continúen en las cárceles y que la democracia sea coartada cada vez más sin independencia de credos, ideologías y libertad de voz. Indigna pensar que Iglesias descubra un “cambio de actitud” como si la actitud fuera cosa de comprar un DVD en una tienda en dólares en La Habana. Y peor aún, Iglesias pronostica 10 años más, o sea, alcanzar los 60 años del régimen tiránico en Cuba, para poder aproximarnos tibiamente, a las libertades, el decoro y el respeto de los que Enrique Iglesias goza desde que nació.
Las conclusiones emanadas de la inteligencia de Iglesias, tan visionario y analítico como el otro Iglesias, ¿el cantante?, ofrecen una imagen penosa. Sus opiniones, útiles para tapar el sol con un dedo, solo son explicables desde dos puntos de vista: Uno, ligereza y comunión de intereses turbios a pesar del sufrimiento cubano, o, dos, una maldad que no entiendo y sólo concibo recostada en la antiquísima conciencia colonial de la vieja metrópolis: “Eso, para los cubanos, está bien. Para mi, no”.