
La culpa no fue de los cubanos. Ni los Van Van, La Aragón o la Ritmo Oriental, fue un venezolano que llegó con su bajo danzarín a rescatar de la indiferencia, a Benny Moré.
Ese año cruzó a Cuba el huracán Oscar D’León. Cantó desde Santa Isabel de las Lajas querida, hasta Cienfuegos es la ciudad que más me gusta a mí. Y reimpuso en la mística popular y el refranero de turno, las milagrosas condiciones curativas de la siguaraya.
Ese año fui a una cena de Navidad en casa de un curioso personaje cubano, médico y poeta, o mejor, ni una cosa ni la otra, pero con altas cualidades de anfitrión. En su apartamento de El Vedado, corazón de La Habana, coincidimos con él y su familia, el poeta Félix Contreras, Cintio Vitier y Fina García Marruz.
Entre masas de cerdo y vino tinto, con Cintio y Fina en la mesa, se suponía una Navidad poética, originaria y martiana, pero el centro de la celebración, los elogios y las referencias, los análisis y los divertimentos, giraron en torno a Oscar D’ León.
La auténtica cubanía de Cintio y su legendaria mujer, asociada a la compostura literaria, se integró a la gozadera criolla de un Benny Moré que bueno toca usted, en la sabrosura del salsero venezolano. Los villancicos de la estirpe católica de los Vitier, se trocaron en los montunos de Oscar D’León.
Es el recuerdo que me sorprende ahora, repentino e imponente, cuando leo en las agencias internacionales de prensa que Cintio Vitier murió hoy, a los 88 años de edad.
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