
Por eso se me ha hecho difícil comentar la famosa Carta de los 74, que tanta polémica ha despertado entre los cubanos de una y otra orilla.
Primero, dejemos establecido la validez del documento. Todos tenemos derecho a defender públicamente lo que creemos porque es por ahí que comienza la fundación de una nación libre a la que aspiramos.
El otro elemento inicialmente válido es la legitimidad moral de todos los cubanos, su libertad para disentir o aplaudir en igualdad de condiciones porque vivir en geografías domésticas o ajenas, profesar credos distantes o militar en posiciones adversas no nos da ni nos resta cubanía, sino que nos iguala en derechos y responsabilidades con la patria.
Nunca he considerado que el “bloqueo o embargo” de EEUU sea el tema tangencial del problema cubano. La libertad de EEUU de comerciar o no con quien quiera y aplicar sus consideraciones legales, es inherente a sus autoridades. Por tanto, recostar el asunto de Cuba a la decisión mercantil de un país ajeno, es, al menos, un acto de hipocresía y demagogia con alguna de las otra partes.
No comparto las solicitudes a EEUU para que suspenda un embargo porque eso se define como la injerencia que criticamos, y porque lo que me concierne, como cubano, es exigirle al gobierno de mi país los derechos que me niega.

Una carta al Congreso estadounidense como esta, se me antoja un acto de miseria, de dependencia ética y de súplica cobarde. Los reales problemas de Cuba son demasiados evidentes para pretender escudarse en dudosos argumentos tras medio siglo de padecerlos.
El peligro de esta carta es, sobre todo, su desacierto ocasional. La lucha política y la carrera reivindicatoria por un país atropellado, reclaman, como en el ruedo de toros, darle el puntillazo mortal a la bestia tambaleante. Un documento fácilmente manipulable a favor de un régimen acosado por el rechazo universal, emitido, además, por quienes personalizan la avanzada de la disidencia interna en Cuba, es una acción desacertada, cuando no cómplice. Desmoraliza, debilita y ofrece argumentos conciliatorios inoportunos.
Mucho más cuando se esgrimen razones ingenuas, secundarias y probadamente ridículas, como la influencia de la libre visita a Cuba de ciudadanos estadounidenses. En 2010, la carta de los 74 parecería un chiste, sino fuera porque involucra firmas tan respetuosas.

He dudado del acercamiento a destiempo de la iglesia católica cubana con el gobierno y, aún más, de la complacencia mostrada por Raúl Castro al cardenal Jaime Ortega. Es un juego de simulaciones del que dudo, gracias al aprendizaje de medio siglo al que hemos sido sometidos.
Justamente me confunde el interés de mi amigo Dagoberto Valdés en la redacción y recolección de firmas para esta carta. ¿Una misión eclesiástica en busca de la reconciliación con el poder, como remake de su historia condenable?
El otro caso que, lejos de sorprenderme, me confirma, es la actuación de Oscar Espinosa Chepe y sus ataques al exilio cubano en Miami, como si los cubanos exiliados tuvieran un derecho restringido, una responsabilidad menor y un dolor sufrido con menos prisa. Posiciones como la Chepe son, precisamente, lo que no aspiro a padecer en una Cuba mejor.

La Seguridad del Estado cubana ha ido fraccionando con cuidado la unidad y el respaldo logrados y ofreciendo dudas y desconfianza a quienes nos apoyan en el mundo. Lo han hecho con la vileza y el éxito que los caracteriza.
Hoy hay divisiones, ataques mutuos, intereses opuestos. Hoy no nos enfrentamos a la tiranía, nos enfrentamos entre nosotros mismos. Hoy nuestro enemigo no son los Castro y su régimen, somos los que nos oponemos, unos contra otros, como “enemigos íntimos”. Hoy, la lucha es menos fuerte y los espacios ganados se van perdiendo en el desgaste de desunirnos en esta guerra por la libertad de Cuba.

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