
Entre los agradecimientos eternos está el estrellato de Michelle Pheiffer, una de los más sensuales rostros del cine que van desde la fiereza mujeril hasta la candidez romántica con una facilidad que alarma.
Otro es de carácter nacional. Tony Montana es un exiliado cubano del Mariel, aquel éxodo masivo de 1980 que metió, gracias a la pericia y el indecoro del régimen dictatorial cubano, a miles y miles de criminales en EEUU, sacados de las cárceles de la isla directo a los refugios de la Torre de la Libertad, frente a la bahía de Miami.
El gurú cubano de la cocaína que interpretó Al Pacino quedó como un icono de la sobreactuación, en consonancia con esa grandilocuencia falsa de la película que dirigió Brian de Palma sobre un guión de Oliver Stone.
La vi primera vez en casa de Fantomas, mi amigo de la Virgen del Camino. Había comprado en el mercado negro una video-cassetera y la película en una copia BHS en blanco y negro. Fue un acto casi delictivo, de insubordinación política, encerrados en el cuarto de la casa.

Por eso celebro los 25 años de Tony Montana. No los 24 muertos por segundo de celuloide, las montañas de cocaína, las malas palabras constantes de Al Pacino, los epítetos que se lanzan en los diálogos contra negros, latinos y mujeres. Scarface es un monumento a la negación, una blasfemia al respeto, la cordura y los derechos. Pero ha quedado como un filme referencial, es uno de esos fenómenos del arte que, sin saber por qué, no se pueden evitar.
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